Haciendo lectura, me es meritorio recordar al escritor argentino Leopoldo Lugones, en un escrito hace una evocación del payador, cuyo nombre es Serapio Suárez, el Payador; no olvidemos, acotación al margen, este escritor que tuvo el prólogo de Jorge Luís Borges en Romances del Río Seco, entre otros, un Suárez por parte de madre, de los Acevedo Suárez, familia del Coronel de la independencia que estuvo junto al General San Martín y luego al General Simón Bolívar, Isidoro Suárez, héroe de Junín.

Pero en mi andar, camino al título referencia, él, recuerda a un hombre común, un gaucho de buena cepa que según lo leído, se ocupaba de payadas, pero también recitaba partes del Martín Fierro en boliches o pulperías, en esos oasis que tenía la pampa para apagar la sed de gauchos y caminantes, que al caminar esas rastrilladas que marcaban huellas a lo largo del campo argentino, aparecía ese hombre llamado Serapio Suárez, parece que era de Santiago del Estero, como algunos de los que vinieron a Dolores, y van mis décimas para Él.

CANTA, CANTA, BUEN CANTOR

Canta, canta, como ese ruiseñor,

de nuestra inmensa pampa americana,

sos el sol tibio de cada mañana

y el suave trino en la tarde señor.

La poesía vibra en el cantor

y como la calandria cuando canta,

con su vuelo de libertad levanta

en su andar sin ataduras de un ave;

en cada payada tan clara y suave

que en sus verdades seguro se planta.

Dice Lugones que conoció al payador en Villa María del Río Seco y según lo escrito le causó buena impresión, entre algunas cosa referidas, dice que tiraba a rubio, simpático, con una sonrisa franca y bien trajeado, en su uso llevaba un pañuelo azul de estirpe Unitaria, como creo comulgaba la mayoría de los Suárez, llevaba fino poncho de vicuña, entre otros detalles, y recuerda que montaba un bayo cabos negros, muy lindo en su estampa, según recuerdo haber leído, vestido el caballo con un emprendado, eso me viene a la memoria a la tropilla de mi viejo, con sus bayos, que amor tenía por sus bayos, había uno favorito como el de Serapio, lo ensillaba para salir con su emprendado, que se perdió en uso, al ser heredado en nosotros, los tres hijos.

En este escrito, Lugones, parece querer rescatar recuerdos en su vida, tal vez vividos o escuchados de ese mozo llamado Serapio Suárez, lo pinta como de uno 35 años, recitador al pasar por ranchos perdidos en la pampa, lugares de relevos como los boliches y pulperías, parece que no le saltaba a los entretenimientos como la taba, los naipes o las riñas de gallo. Me recuerda a las historias de pulpería, rememorando a mi bisabuelo Luís Ansa Agorreta, vasco él, al frente del comercio, y a su yerno Emiliano Casielles Amandi, asturiano, mi abuelo, que supo estar en la estanzuela, “La Manuela” de sus primos Casielles a la entrada de Santo Domingo en el camino que viene desde General Guido, se puede ver el cartel a pesar de haber reformado la entrada, Manuela era la madre de los Casielles, vivían en la capital, los míos, fueron a la zona de Monsalvo, en la famosa Rosa de Acosta, que por distintos hechos, se relacionaban con el comercio pulpero, el bisabuelo era el Alcalde, y el abuelo supo estar por “La Limpia”, una laguna cerca de Santo Domingo, boliche de Las Toscas, fundado por Francisco Días y que fuera de Manuel Aizpitarte anteriormente, autoridad compartida de la primera junta de gobierno municipal en partido de Maipú. Esto sucedía cerca de Dolores; las villas, que incipientes se iban a transformar en pueblos, como lo fue Dolores en su nacimiento en medio del desierto de la pampa bonaerense, y no era esa Córdoba del relato, de donde también venimos los Suárez, avanzamos desde el Norte hacia el Sur durante la avanzada civilizadora española en el Río de la Plata, donde gobernaron muchas veces.

Era la Poesía errante, la poesía que como un juego, decía presente en casas, pulperías, boliches camperos, o en reuniones rancheras del paisanaje, donde el recitado y la payada eran comunes, y bienvenidas, formando parte del Folclore Argentino y regional de América, lo destacan como sin oficio y con mucha honradez, aferrado a su guitarra que cuidaba más que a su vida, una vez pasó frio por taparla con el poncho para defenderla en la cruda noche helada. Muy baqueano para templarla, de tan experto que era, que ni se quitaba un anillo que usaba, si mal no recuerdo, haberlo leído.

A Serapio:

“Libre sin renta ni oficio

y honrado a carta cabal

llevaba él a un mismo temple

pecho, guitarra y puñal”.

Nuevamente otra décima espinela, para Serapio Suárez:

CANTA, CANTA, BUEN CANTOR

Es por herencia o cultivo señores

de eso que se hace con tanto cariño,

y seguro nos viene desde niño

exponiendo todo de mil amores.

Más, al caminar no son todas flores

que se nos presenta en forma oportuna,

nadie sabe en donde está la fortuna

del que escribe al andar su propia historia,

juglar que canta desde su memoria

una verdad tan grande cual ninguna.

Me encanta recordar, cuando leo esos textos, y rememoro hechos que mi familia se hacía eco, y me parecían cuando era chico, a solo un cuento, que con el tiempo veo aquella realidad que contaban, eran vivencias verdaderas de nuestro antaño.

Noé Zenón Suárez Casielles-2019.

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