– Columna del P. Maxi Turri –
“Un día al cielo iré” canta una canción tradicional que se utiliza para las fiestas de la Virgen María. Es una melodía muy pegadiza que no hace otra cosa que despertar en los que la interpretan los deseos de vivir lo que tiene por letra.
El deseo de que la vida sea algo más que un mero transcurrir. Un solo paso por esta corta vida. Que la existencia humana sea algo más que la sumatorias de inviernos fríos y desolados. El anhelo profundo de que la existencia no se termine con el solo acto de morir. Ese deseo inscrito en el alma humana es el contenido de la letra de la canción.
Narra el deseo profundo de llegar a contemplar a la Madre del Señor en su presencia, en el cielo. Sentido que alentó a los creyentes de todos los tiempos. Ya que entendieron que la vida no termina con la muerte, sino que la “hermana muerte”, como la llamaba San Francisco de Asís, es un paso nomás. La verdadera y definitiva vida es la que alcanzamos con el regalo inmerecido de la vida eterna. Luego de atravesar la existencia terrenal.
Así lo de afirmaba un joven de 24 años que muere víctima de una enfermedad: “Creo que el día de mi muerte, será el día más bello de mi vida”. Decía eso sin ningún reparo mientras estaba en cama en lo que sería su etapa final. Universitario y con una vida por delante, fue capaz de decirlo con la esperanza de lo que vendría. No con la nostalgia de lo que iría a perder. Ese deseo nunca fue una evasión o un escaparle a la vida. Todo lo contrario. Decía eso mientras pasaba largas horas ayudando a las personas necesitadas y viendo de qué manera comprometerse con la realidad que lo rodeaba. Amaba la vida y gustaba pasarla bien. Pero entendía lo que esa misma canción canta. Que “un día al cielo iré”. El joven al que me estoy refiriendo se llama Pier Giorgio Frassati.
¿Por qué la muerte no fue vista como el final, como una tragedia? ¿Por qué los creyentes miran la vida con alegría y confían después de la
muerte? ¿Quién puede ser tan necio como para esperar algo después de cerrar el ataúd o dejarlo en el cementerio? Es tan simple como tan complejo. Porque lo creyentes de todos los tiempos confiaron y esperaron en su Señor. Fue en Dios que supieron poner con esperanza su futuro. Supieron enfrentar lo peor mirando a quien estuvo muerto y ahora vive. Enfrentaron el drama de la muerte con la certeza del resucitado. No se dejaron llevar por la nostalgia de lo que perdían, sino con la alegría de lo que alcanzaban.
La imagen de cielo puede que hoy no nos sea significativa. Puede que no la consideremos como motivadora. Porque no somos los seres humanos de la antigüedad. Nosotros sí conocemos el cielo o sabemos lo que hay sobre las nubes. Por eso la imagen de cielo fue reemplazada por la de vida eterna. Es la vida eterna la que despierta sentimientos de inmensidad y que sí nos puede despertar confianza. Hagamos un ejercicio juntos. Imaginemos, cada uno, un momento de la vida personal en la que hayamos estado en un estado emocional de plenitud. De felicidad. Colmado el corazón. Esos momentos en los que nunca hubiéramos deseado que se acabara, que no finalizara.
¿Recordado? Bueno. Ese momento lo podemos medir de dos maneras. Por la intensidad y por la duración. Si lo hacemos por la duración sabemos que finalizó. Si lo hacemos por la intensidad, podemos decir que todavía lo estamos viviendo. Es tan fuerte la experiencia emocional o afectiva que no podemos olvidarla. Bueno, ese momento tuvo que terminarse y dar lugar a otro inclusive feo o desagradable.
El ejercicio que les propuse tiene que ver con recordar la intensidad, la plenitud y la felicidad. Así podemos pensar la eternidad. Como una intensidad de felicidad sin que se termine. Más pensado como intensidad que como duración. Si, la vida eterna es intensidad de felicidad. Lo que ya hemos vivido como un chispazo, pero que será vivido sin duración. Como un continuo gozo y alegría. Como la posibilidad de vivir plenamente la felicidad de lo que en la tierra fue pasajero. ¡Cómo no pensar la muerte tan solo como un paso nomas! ¿Si lo mejor está por venir, si lo vemos así?
“Un día al cielo iré”, dice la canción. Un día al cielo esperamos llegar. Confiando sin duda en su misericordia. Buscando pasar por la tierra haciendo el bien. Sabiendo que es un paso nomás. Sabiendo que la plenitud nos espera.
¡Hasta la próxima!
En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo.
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